ANTONIO MACHADO, EL POETA DE LA ESPERANZA
Por Álvaro Romero Bernal. Doctor en Periodismo y profesor de Literatura
En el curso que impartimos en el Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla sobre la gestión de los sentimientos universales en los poetas andaluces del siglo XX intentamos focalizar un valor concretísimo que haya catapultado a cada escritor estudiado a ese parnaso inolvidable del canon indiscutible. Antonio Machado, ese poeta profeta que nos advertía a los españolitos que íbamos a venir al mundo de que una de las dos Españas iba a helarnos el corazón; ese poeta modernista y sin embargo filósofo que interpretó en sus versos y en sus días aquel amargo romance de Lope, «de mis soledades vengo, a mis soledades voy…»; este poeta de eterna melancolía cuyos restos en el vergonzoso exilio más allá de los Pirineos nos siguen recordando, tres cuartos de siglo después, los usos y costumbres de esta pobre Patria nuestra con sus mejores hijos –no sólo los nacidos bajo aquel mal que llamaron del 98–; este poeta, digo, tan ligero de equipaje en vida como en leyenda, es sobre todo el poeta de la esperanza. O decidámonos con la mayúscula, sí: de la Esperanza, más allá de la tarde, del camino, de los peñascales de Castilla, de los lindos pegasos de madera… Y esa Esperanza ineluctable es la que hace de Antonio Machado un poeta no sólo inolvidable, sino –lo que es más importante– necesario.
La esperanza, que puede ser interpretada como la enfermedad de los ilusos, es no obstante el motor de los visionarios cuando éstos sustentan sus palabras en una aguda cosmovisión que siempre supera el desenfocado radio de lo estrictamente personal. Machado, que tantos motivos personales tuvo para la desesperanza, supo combatirlos todos a base de miradas solidarias hacia el porvenir. Sobre todo a partir de la edición definitiva de su libro capital, Campos de Castilla, en 1917. Y ello a pesar de que fue a partir de entonces cuando las razones desesperanzadoras, sibilinamente, empezaron a cercarlo a él y a su (nuestro) país. Había muerto Leonor, su gran amor; él envejecía, «triste, cansado, pensativo y viejo»; y aquella España «de charanga y pandereta» se deprimía más aún que la que acababa de perder Cuba y por ende el Imperio, aunque en su inconsciencia autodestructiva fuera el propio Machado quien tuviera que apuntar en alejandrinos: «Castilla miserable, ayer dominadora / envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora».
Y sin embargo, la esperanza radical del poeta sevillano lo envuelve todo. Antes de que fallezca Leonor, su corazón «espera otro milagro de la primavera» tras contemplar las hojas verdes que le habían salido al olmo seco. Tras la muerte de su joven esposa, su esperanzada pluma puede seguir escribiendo: «Sentí tu mano en la mía, / tu mano de compañera, / tu voz de niña en mi oído / como una campana nueva, / como una campana virgen / de un alba de primavera. / ¡Eran tu voz y tu mano, / en sueños tan verdaderas!… / Vive, esperanza, ¡quién sabe / lo que se traga la tierra!». El poeta de la monotonía de lluvia en los cristales es ya un comprometido ciudadano que sueña con “una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea. Su carácter esperanzado es ahora una consigna vital que alcanza, existencialmente, hasta las raíces del religioso folklore heredado, para rechazar el sinsentido de un «Jesús de la agonía», aunque sea «la fe de mis mayores», y reivindicar al Jesús «que anduvo en el mar»…
Tal vez no haya versos que delaten mejor la esperanza de su ADN que aquellos inmortalizados por Serrat: «Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más; / caminante, no hay camino: / se hace camino al andar». En esos cuatro versos radica un potente principio de amor a la vida, al libre albedrío, a la construcción personal. Y asimismo un antídoto contra el pesimismo, la desidia, el destino. Si es absolutamente verdad que se hace camino al andar, el futuro depende del presente, y el presente del pasado. Y tal afirmación es tan permanentemente esperanzadora que sólo un poeta de la talla artística de Machado –tan intensamente lírico, tan líricamente reflexivo– podía habérnosla legado.
Hoy conviene recordar esos versos, estudiarlos, reivindicarlos, promocionarlos, practicarlos. Los necesita esta juventud triste que, en la desestabilidad exiliada o en el paro interior, no ha tenido la suerte aún de que se los administren. Los necesita la población madura, cuya madurez ha de ser siempre un inteligente equilibrio entre la experiencia y el sueño inacabado. Los necesitan los viejos, que han de testimoniar, mal que les pese a algunos, la incontrovertible sabiduría machadiana.
Ya hace un siglo del despertar comprometido de un Machado que, pese a sus pérdidas, vislumbra como nadie –en verso o en prosa– las necesidades de una España cainita y atrasada que sueña con un futuro mejor, aunque para todo ello hubiera que pagar el excesivo precio de tanta sangre fraterna y derramada, de tantos años en el olvido del poeta y su esperanza. Ya hace 75 años de la muerte de un Machado que atravesó la frontera hacia el Colliure de su abandono, para dejar morir allí su cuerpo, que no su palabra, tan bella como utilitaria. Su legado poético, tan esperanzador, ha de servirnos para volver a proyectarnos otro siglo más, por muchas crisis que nos aticen. Comulguemos su último verso, su último aliento: «Estos días azules y este sol de la infancia».