Escrito por Moisés Castillo Troncoso, alumno de 2º Curso
EMILIO, UN VOLUNTARIO MUY ESPECIAL.
Varios son lo
voluntarios que colaboran con ADIFIPA. Francisco, que esta para casi todo, Pepe
aportando inteligencia y cultura, Manoli, aurora, carmen y demás colaboradores
realizando manualidades, incluso hasta altas horas de la noche para poder venderlas
y así financiar la asociación. Pero entre todos los voluntarios, yo me quedo
con uno. Se trata Emilio, mi suegro, una persona sensible e inteligente que
siempre respetó a los discapacitados e hizo el esfuerzo de intentar
comprendernos. Atento a cualquier tipo de noticia sobre nosotros, rápidamente
me la comentaba y si era necesario me pedía que se la explicara. Así era como
me preguntaba por mi discapacidad para poder entenderla y ayudarme. A veces,
cuando presentaba alguna dificultad o problema nunca fue crítico, al revés, me
ayudaba en lo que podía. A él, no le importaba empujar la silla de ruedas-
¡quitaos yo lo llevo!- solía decir, lo que fuera necesario o ponerse a mi lado
andando para que no tropezara, me indicaba lo que yo no poder ver y me
recordaba lo que yo olvidaba. No le importaba ayudarme a vestirme, calzarme si veía
que me costaba demasiado y me aconsejaba según su parecer y alguna vez hasta me
peinó, todo sin importarle ni criticarme, algo fácil de hacer con los
discapacitados y en especial con los enfermos cerebrales a los cuales procuró
entenderlos, cosa difícil a mi parecer.
Tuve larguísimas conversaciones
con él, de las cuales, aprendí mucho. Aficionado a la lectura como yo,
intercambiamos opiniones sobre los libros leídos, incluso alguna vez me
prestaba los mejores que yo leía con avidez porque viniendo de él seguro que
era bueno.
Quiso con locura a
sus nietos y nos ayudaba a educarlos. No le importaba después de un largo día
de duro trabajo tirarse al suelo, jugar hasta agotarse, leer y contarle como a
él le gustaba cuentos a su Javier. Andrés como era muy pequeño no ha podido
disfrutar de él como le hubiera gustado, pero seguro que el pequeño pudo sentir
el amor que su abuelote daba. Aunque creo que no era amor sino pasión. Me
ayudaba a enseñar a los niños las peculiaridades de mi enfermedad -¡cuidado con
la cabeza de papa!- solía decir. No dudaba en enfrentarse a quien fuera si veía
que se cometía alguna injusticia sobre mí.
Siempre atento a las
necesidades de mi casa para ayudarme, que si arreglaba una avería, cojia a
plana la pared, llevaba el coche al taller, en fin, todo lo que yo no podía
hacer, y así todo.
Contaba sus
historias y anécdotas de juventud que me hacían reír hasta cuando no tenía
ganas. Sabia que no tenia memoria y me repetía y escuchaba las cosas cien veces
si era necesario sin importarle ni cansarle, al menos eso era lo que me hacia
ver. Inolvidable como se porto con Juan y conmigo en nuestra excursión a
Sanlucar de Barrameda, con el Aula de la Experiencia , solo
falto que nos cogiera en brazos. ¡Cuánto disfrutaba en el aula de la
experiencia! Aprendiendo cosas con cultura y aportando lo que su experiencia le
había dado. Disfrutaba como el primero en el aula, cuando estaba con ADIFIPA,
en las excursiones, comidas y actividades como rellenar bolsas de caramelos
para los reyes que se lucio, vamos, lo que hiciera falta.
En cuanto le dije
–yo me río de mi enfermedad- ya estaba contando chistes de cojos y ¡EA! Todos a
reírnos. Cuando cortaba el jamos de mi casa, cosa que tampoco podíamos hacer,
le decía al nieto –esta para papa ¡no te la coma!
No sigo mas porque
me emociono, además seguro que se me olvida un millón de cosas que podría
contar de EMILIO. Yo no se donde estas ahora, pero seguro que estas ayudando a alguien
y vigilando desde muy cerca de tus nietos Javier y Andrés.
Por esto y un millón
de cosas más, GRACIAS EMILIO, hasta
siempre amigo.
Moises Castillo Troncoso
Moises Castillo Troncoso


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